Políticas Culturales

 

Creación y sostenibilidad en el mercado del arte colombiano: el punto de vista de Paulo Licona

*** La sostenibilidad del mercado del arte en la ecología es una estrategia para la producción cultural independiente; la creación de espacios no convencionales para el arte, un modelo de mercado menos asimétrico para los artistas que están emergiendo así como el tejido de redes e intercambios que contribuyen a la viabiidad de sus iniciativas

 

aulo Licona forma parte del contingente actual, diverso, propositivo e innovador de artistas plásticos bogotanos. Lo mismo se le ha visto por las calles de Cali arrastrando un bloque de tiza de 30 kilos en forma de una casa (la instalación se llamó “Casa que cede”), que en El Morro, antiguo basurero de Medellín donde trabajó con niñas y niños de las familias que hicieron de los desperdicios una forma de subsistencia, empleo y símbolo del lugar pero que han padecido distintas formas de violencia: primero, por el conflicto interno armado que incluía bandas, milicianos y paramilitares procesos de reconciliación-reinserción y una histórica ausencia del Estado (las personas de este barrio tuvieron mucha relación con el narcotraficante Pablo Escobar) y; segundo, por la reubicación de las familias a otros barrios como consecuencia de la implementación de un macroproyecto urbano que inició en 2004 (Moravia, una historia de resistencia, Secretaría de Cultura Ciudadana, 2006).

 

También se ha visto a Paulo Licona en el Museo de Antioquia quebrando piñatas gigantes como metáfora contra la violencia: “Lo que haremos, literalmente –dijo Licona, en ese momento, desde la página web del museo-, será coger esa violencia a palo, y ver cómo actúan las personas ante eso. Queremos ver con qué objetos llenan una piñata con forma de pistola. Queremos convocar a la gente con un fin claro: decirles que la solución a muchos problemas de inseguridad están en que nosotros mismos recuperemos el espacio público, que estemos en él, lo habitemos y lo rescatemos. Eso es más efectivo que tener policía”.

 

En una de sus más recientes apariciones, en octubre pasado, Paulo Licona estuvo en la Feria Internacional de Arte de Bogotá (Artbo) donde realizó una casa hecha de tablas y perforada con gises. A medida que las personas iban quitando las tizas para grafittearla, iba entrando la luz, lo que supone una interacción e intervención directa del público en la obra. Su trabajo ha sido sintetizado por la revista Código de arte contemporáneo de la siguiente manera: “se ha ocupado, entre otras cosas, de las profundas contradicciones que reflejan las culturas populares en sus prácticas y objetos; de la marginación de que son objeto niños, jóvenes y mujeres que han quedado excluidos de la modernidad urbana, establecida en pocos y dispersos fragmentos de las ciudades colombianas. Superando los lugares comunes que abundan sobre la identidad en los discursos artísticos, Licona se alimenta de los conflictos generados por las representaciones del otro y los supuestos de atraso y precariedad que le achacan desde siempre a lo popular”.

 

Además de estar involucrado en la crítica cultural desde el arte, Paulo Licona tiene otra faceta que resulta bastante interesante y aleccionadora en términos de su incidencia en la producción, circulación y consumo del arte desde la implementación de formas de autosostenibilidad para sus proyectos. Su propia galería es un buen ejemplo, pues consiste y se encuentra ubicada en el departamento que ocupa en la zona céntrica de Bogotá. Esto implica, de entrada, ciertas complicaciones prácticas y mundanas pues, al convivir con otros inquilinos, no siempre se encuentran las puertas abiertas de manera que hay que agendar una cita para poder visitarlo. Una vez dentro del departamento-galería, todo da cuenta del arte: el recibidor donde hay vestigios de las exposiciones realizadas (folletos, revistas-objeto, pequeños cuadros) y cada una de las habitaciones donde se encuentra obra montada, así como estudiantes y artistas trabajando en una nueva intervención.

 

Al respecto, en entrevista en su departamento en Bogotá, Paulo Licona nos dijo que en el espacio se ofrecen residencias artísticas en las cuales, durante algún tiempo, artistas nacionales y extranjeros realizan una estancia para crear alguna obra y exponerla ahí mismo. “Se cobra una renta (25 dólares la noche)”, señala, y aunque aporta al sostenimiento del espacio, no es la fuente más importante de recursos, en cambio, se fortalece la actividad creativa como un objetivo principal del proyecto de galería.

 

Uno de sus primeros proyectos, al que llamó “Basurita cultural” consistía en tener un local en el mercado de pulgas: “Teníamos que levantarnos desde las seis de la mañana –enfatiza-, para comenzar a vender ropa, discos, pero también, había arte, muchas publicaciones independientes y la cosa se vendía. En el mercado de las pulgas sólo pagábamos el local, que eran 50 mil pesos (300 pesos mexicanos) y siempre se conseguía para esto”.

 

Lo anterior puede verse como algo muy modesto pero lo cierto es que constituyen formas de escapar a la tradicional lógica del capitalismo y la acumulación en el mercado del arte, es decir, como comentó alguna vez Ximena Díaz (otra artista colombiana): “hacen falta más iniciativas gestionadas por artistas, que puedan sacar adelante modelos distintos al estandarizado y salvaje 50-50% que contemplen presupuestos de producción, que respondan realmente a las dinámicas del arte contemporáneo, a las necesidades de los artistas, a las expectativas de los públicos, y que se atrevan a explorar otro tipo de economías”.

 

En el caso de Paulo Licona y los artistas que exponen en su departamento-galería, comenta que al vender su obra “nos quedamos con el 30% del ingreso que es un porcentaje que no pasa en los espacios convencionales que están dentro del 50 y 70% para la galería y el resto se lo queda el artista”. Otra cosa destacable es que, quienes generalmente exponen son jóvenes artistas que apenas comienzan, estudiantes de arte y creadores que no han tenido una educación académica, como sucedió cuando, en la primera exposición realizada en su galería: “Conocí a un señor de 85 años en el mercadito y me pareció lo máximo; fue muy particular porque él decidía a quien invitar. ‘Yo quiero a mis amigos’, dijo, ‘que son puros señores de 80, 90 años y a tus estudiantes’ y ese fue el público, y se vendió casi el 70 por ciento de todo”.

 

Paulo Licona es, además, editor lo cual ayuda no sólo a la promoción de las exposiciones sino, también, al registro de la memoría artística pues uno de los requisitos para quienes presentan su trabajo en el espacio que gestiona, es que al final debe haber como producto un libro que dé cuenta de lo realizado. En relación con esa efervecencia por hacer varias cosas, Paulo comenta que no es sólo una cuestión de generar recursos, “lo que me pasa mucho, es tener una idea y ver cómo se puede hacer funcionar, buscar la mayor cantidad de estrategias, para que sea posible” y lo reafirma agregando que, muchas de las obras realizadas se podrían mantener por mucho tiempo pero para él es más importante comenzar nuevas cosas.

 

Esto es lo que sucederá, dentro de poco, a uno de sus proyectos más exitosos e innovadores: el cual es parte de la faceta de cocinero de Licona. Este proyecto consistente en la realización de cenas temáticas sobre una mesa de ping pong ubicada en una de las habitaciones del departamento. Vinculado con la exposición que se ha presentado desde varios meses con la temática del juego, la cena es sólo para 12 comensales quienes degustan platillos donde también aparece el tema del ping pong (por ejemplo, una papa en forma de pelota rellena con sopa), y donde se rompe la tradicional estructura de los tres tiempos (se ofrecen en total 14 degustaciones) y se asiste a una dinámica de tertulia durante el tiempo que dura la cena.

 

Esta intervención gastronómica ha sido tan exitosa que, comenta Licona, pronto aparecerá un restaurante con la misma fórmula y ha sido invitado por diversas instituciones para comentar el proyecto. Lo importante, sin embargo, es mantener la idea de lugar cultural “sectario” -por eso mismo, de tres cenas que realizaban al mes, ahora se ha pasado a sólo una, con tal éxito que reservaron todo el fin del año- pero, sobre todo, el espíritu de las iniciativas arriegadas que caracterizan a Paulo Licona y que contribuyen un poco a abatir la informalidad en la que generalmente se encuentra el sector de los artistas plásticos.

 

¿Qué lecciones nos brinda el trabajo de gestión que realiza Paulo Licona? Me parece que varios, en relación con el contexto mexicano: un caso exitoso de sostenibilidad del mercado del arte en la ecología, una estrategia para la producción cultural independiente; la creación de espacios no convencionales para el arte, un modelo de mercado menos asimétrico para los artistas que están emergiendo así como el tejido de redes e intercambios que contribuyen a la viabiidad de sus iniciativas.

 

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