Políticas Culturales

 

25 Años de la caída

del muro de Berlín

Algunas consecuencias culturales

 

n el 2014 coinciden las celebraciones por los 25 años de la caída del Muro de Berlín y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

 

Toda vez que  el final de la Cortina de Hierro significó el fin de una era, me parece interesante presentar una somera reflexión sobre las consecuencias que ese hecho tuvo y sigue teniendo sobre lo cultural.

 

Muchos de quienes vimos como miles de personas cruzaban la frontera desde el comunismo hacia el capitalismo, percibimos que era el final de una era. Con ese hecho, nos pareció,  llegaba a su fin una manera de explicar el mundo con la que habíamos vivido siempre o casi siempre, que no es lo mismo, pero es igual.

 

La pasión con la que comenzó a ser derruido el muro: a golpes de mazo, a patadas, a empujones o con lo que se tuviera a la mano, hacía evidente el deseo de imposibilitar cualquier restablecimiento. Era un nunca más expresado en multitud. Era una destrucción que buscaba garantizar la recién adquirida libertad.

 

Un conmovido Juan Pablo II, al final de su primera visita a la Alemania (1996) proclamó: "Ahora que he pasado por la Puerta de Brandenburgo siento que se acabó verdaderamente la Segunda Guerra Mundial"

 

Después de 44 años de guerra fría, entre los bloques occidental-capitalista liderado por Estados Unidos, y el oriental-comunista liderado por la Unión Soviética,  la imposibilidad de mantener cerrada la más importante frontera entre ambos, declaraba tácitamente ganador al Neoliberalismo. En ese momento parecía que –sin ninguna duda- Margaret Thatcher y Ronald Reagan habían finalmente triunfado en la carrera por establecer una única noción de desarrollo, a escala global. Más que discursos, ese 9 de noviembre estábamos materialmente viendo a millones de personas elegir qué rumbo querían tomar y su decisión era cruzar del comunismo al capitalismo.

 

Y sí, efectivamente, el mundo que estaba dividido entre el capitalismo y comunismo, dejó de existir. El colapso de la Cortina de Hierro también implicó que la narrativa surgida del fin de la Segunda Guerra Mundial ya no era suficiente para explicar e interrelacionarnos con el mundo.

 

Repentinamente dejamos de saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos, pues ya todos estábamos del mismo lado.  Era, como lo describía Francis Fukuyama , el fin de la historia; o, al menos, de una manera de contar la historia, a la que habíamos estado habituados desde el fin de la II Guerra Mundial.

 

Sin embargo, lo que aparentemente era la victoria final del neoliberalismo, en muy corto tiempo se reconvirtió en un escenario para la emergencia de la diversidad cultural que había quedado oculta debajo del mapa bipolar mundial. No solo descubrimos -en Europa- la existencia de numerosas naciones culturalmente distintas entre sí (algunas, incluso, viviendo en un mismo país, como el caso de Yugoslavia); sino que se hizo mucho más visible la existencia de otras maneras de estar e interactuar con el mundo: las culturas árabes y asiáticas, por ejemplo, cobraron nueva importancia en la producción y circulación de los flujos de contenidos simbólicos.

 

Cuando se acabó la posibilidad de distinguir a los países con base en su adscripción a uno de los dos grandes polos significantes y resultó que todos éramos ya parte de un capitalismo global, se comenzó a acudir a las distinciones culturales como medio de singularizarse en el espacio geopolítico.

 

Samuel P. Huntington lo describía de la siguiente manera: “En el mundo de la posguerra fría, las distinciones más importantes entre los pueblos no son sus ideologías, políticas ni económicas: son culturales. Personas y naciones están intentando responder a la pregunta más básica que los seres humanos pueden afrontar: ¿quiénes somos?  Y la están respondiendo en la forma tradicional en que los seres humanos la han contestado, haciendo referencia a las cosas más importantes para ellos.  La gente se define desde el punto de vista de la genealogía, la religión, la lengua, la historia, los valores, costumbre e instituciones.  Se identifica con grupos culturales: tribus, grupos étnicos, comunidades religiosas, naciones y, en el nivel más alto, civilizaciones”.

 

Es decir, que una vez que la economía de mercado quedó establecida como el modelo económico triunfante, la distinción entre los países se localizó en ese conjunto de valores único e irreemplazable que constituye su manera más lograda de estar presente en el mundo; es decir, en su cultura.

 

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