Políticas Culturales

Las condiciones de una

Cultura para la Armonía

 

“El Programa Cultura para la Armonía es un hecho positivo en dos sentidos: constituye un paso más en la acción conjunta del Gobierno Federal en busca de la concordia social y, también un reconocimiento de que la sola estrategia judicial no basta para recuperar un clima de tranquilidad”

n la Reunión Nacional de Cultura realizada en Morelia, Michoacán, tuvo especial protagonismo el Programa Cultura para la Armonía; sus responsables, Rafael Tovar y de Teresa, presidente del CONACULTA, Alejandra Frausto, directora general de Culturas Populares e Irma Caire, coordinadora del programa anunciaron a los presentes los números, montos y objetivos a alcanzar, sin embargo destacó un punto que me parece fundamental: el carácter concertado de este programa, es decir, no se trata de un conjunto de acciones exclusivas del Consejo sino un marco de actividades cuya base es el acuerdo con otras instancias culturales y de otros campos.

 

    El Programa Cultura para la Armonía es un hecho positivo en dos sentidos: constituye un paso más en la acción conjunta del Gobierno Federal en busca de la concordia social y, también un reconocimiento de que la sola estrategia judicial que comprende la investigación, persecución, enjuiciamiento y sanción a los autores de los actos de violencia en el país no basta para recuperar un clima de tranquilidad.

 

    Mucho se ha discutido sobre las posibilidades de que la actividad cultural aporta a que la vida social recupere el cauce de paz, en el que la violencia y el delito -otra fase de la actividad humana- estén circunscritos a la anormalidad y no sean, como ahora, pauta común en algunos lugares del país. Y para ello nos apoyamos en varias consideraciones sobre la cultura y el arte: su sentido catártico, su capacidad para crear lenguajes nuevos para el encuentro entre generaciones, entre vecinos y entre grupos con distinto poder económico, entre indígenas y mestizos, entre policías y víctimas…

 

    También se valora que del arte se exija colaboración inmediata entre creadores, públicos, comunicadores, promotores culturales y autoridades; un complejo de relaciones que requieren diálogo y respeto; la humanización del otro. Todos estos factores positivos, aunque no tienen un efecto inmediato y general son experiencias valiosas, circunscritas a momentos de la vida social puntuales y efímeros.

 

    Cuando hablamos de tener en el arte y la cultura un factor que encauce procesos de diálogo y convivencia, debemos hablar en un sentido más amplio, organizado y permanente. Supone acciones de difusión, educación y organización que ocupen el tiempo de gran parte de la población y que cultiven hábitos de convivencia.

 

    Estas acciones requieren de un entorno institucional. La escuela en primer lugar, pero también de la casa de cultura, del centro de desarrollo comunitario, de la sala de lectura o del comité de barrio, es decir, la construcción del diálogo de paz no es un asunto de un momento, no se puede reducir a un acto cultural o artístico, implica como se ha dicho de una Cultura para la Armonía, de promover un proceso organizativo.

 

    Conviene mirar otras experiencias internacionales que también han vivido grave violencia social pero ahora creo que es más importante observar momentos de nuestra propia historia en que también fue notable la violencia. La década de los años 20 ha sido vista como la etapa que siguió a la lucha armada, pero toda ella estuvo marcada por numerosos hechos de violencia, muchos claramente políticos y otros menos evidentes.

 

    Los grandes promotores de la violencia fueron los caudillos vueltos a sus lugares de origen y sobre todo el Estado mexicano que usó el asesinato como arma política para consolidarse, pero no fueron los únicos hechos violentos. Devolver al espacio familiar a cientos o miles de guerrilleros y soldados que habían roto los lazos tradicionales de control social –el patrón o hacendado, el sacerdote o el patriarca familiar- era una empresa dificilísima. No es complicado encontrar en escritores de esos años, como Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán o Rafael F. Muñoz, una consideración ambivalente frente a la lucha revolucionaria. En sus obras la épica no les permite ocultar la brutalidad y, sería ingenuo pensar que licenciadas esas tropas, aquellos combatientes llevados muchas veces a la fuerza al combate, volverían a sus hogares como hombres de paz.

 

 

 

    Superar la barbarie fue para Vasconcelos el objetivo de su misión civilizadora. Cierto que desde la época del Ateneo, Vasconcelos tenía en la mente esa misión, pero fue en los años 20 cuando puso manos a la obra en su gran proyecto. Era la cultura el gran recurso de regeneración de la sociedad y, el arte y los artistas fueron uno de los medios y de los conductos. Se trató de un objetivo en el que toda la sociedad y el Estado pusieron empeño. Al final de la década se habían constituido importantes instituciones culturales, se desarrollaban proyectos educativos donde el arte y las actividades culturales tenían gran importancia; habían arrancado las misiones culturales; se echó mano de las nuevas tecnologías como la radio; se capacitaba personal para estas actividades y, se ampliaba la acción del Estado institucionalizando la política para reducir la influencia de los cacicazgos locales.

 

    Ninguna sociedad ha salido de periodos tan obscuros de su historia sin fortalecer la capacidad de acción del Estado. Hoy la lucha contra la violencia y la incorporación abierta del sector cultural es un intento más por lograrlo. Los otros factores nos corresponden a nosotros, los miembros de la sociedad, quienes debemos vigilar pero, sobre todo, comprometer nuestra iniciativa cultural para hacer de estos esfuerzos una verdadera fuente de paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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