Políticas Culturales

Economía Creativa y

el Homo Telecom

 

*** Nos hemos convertido en el hombre de la comunicación a distancia:

el Homo Telecom

**** Debemos echar a andar una agenda digital, que incluya cultura, la creatividad, la innovación, la educación y conectividad, porque de ello depende el bienestar en nuestro país

 

on el desarrollo tecnológico que se ha observado en los últimos años, así como con el innumerable despliegue de infraestructura de telecomunicaciones y acceso a redes, se ha logrado que los procesos de consumo y oferta de diferentes contenidos creativos y culturales cambien.

 

Dentro de la creatividad y la cultura es indispensable hacer una fuerte distinción, entre lo que implica la creatividad per se y lo que detona como industria. No se puede asumir, en automático, que por referirse a fenómenos de industrias creativas y culturales, se está hablando de procesos económicos que se restringen a lo meramente industrial; es decir, a lo mecánico e automatizable, porque la cultura  y la creatividad es lo opuesto a ello.

 

De dichas implicaciones surge el término economía basada en la creatividad, que conlleva a pensar que la creatividad es un insumo económico que se inserta en una cadena productiva, la cual no existiría sin ese insumo esencial que es la creatividad. Como consecuencia de esta cadena, se da pauta a la cultura. En ese proceso productivo es donde el análisis de las ciencias económicas entra a trabajar en los procesos de infraestructura, consumo, cuenta satélite, etcétera. Entonces, aunque ya se acuñó el término a los procesos y espacios de la creatividad, esté referido como industrias culturales y creativas; es importante tener en conciencia de que estamos hablando de algo más complejo.

 

Nos hemos convertido en el hombre de la comunicación a distancia. Tomemos por ejemplo la existencia de espacios de interacción presencial. Hoy en día, una vasta mayoría de ellos se organizan y promueven por la convocatoria y el intercambio de muchos materiales que tienen lugar por la vía tecnológica. Esta “ironía” se presenta como una prueba de que somos seres digitales y comunicados.

 

Si realizáramos una fotografía de la evolución digital de México, en las últimas dos décadas, veríamos que hemos multiplicado nuestro consumo 50 veces, sin freno ni reversa. Es decir, pasamos de un teléfono y un fax, hace dos décadas, al teléfono inteligente, libro electrónico, note book, tablet, consola de videojuego y televisiones (así, en plural: analógica, digital, satelital, móvil, por cable, etc.). Ése es el Homo Telecom y lo usamos para trabajar, divertirnos, estudiar, para todo, por eso se llaman equipos personales.

 

El Problema de esta infraestructura y con el Homo Telecom es que no todos la tenemos, no todos nos encontramos en este proceso y panorama por problemas de conectividad, generación de poder adquisitivo, infraestructura y todo aquello relacionado con la brecha digital. Eso también significa problemas para el campo de la cultura, porque entonces existen por un lado los Homo Telecom con conectividad permanente, pero por el otro, no todo el país está conectado con alguna señal, nuestra banda ancha es muy angosta, es muy cara, somos un país de bajo poder adquisitivo y muy mala distribución del ingreso.

 

Entonces, hablando en términos económicos, sabemos que hay una clara relación entre conectividad y crecimiento económico, entre conectividad, capacidades y oportunidades. Pero, somos un país con mala distribución de satisfactores. Debido a que esta conectividad se presenta como un derecho en el siglo XXI. Según se trate, este puede ser un derecho económico, un derecho a la educación, un derecho cultural, a la salud y hasta un derecho político, ya que hoy no se puede pensar en un proceso político sin conectividad. Hay 45 millones de internautas en México, y eso puede parecer impresionante, pero qué pasa con los otros 70 millones de mexicanos. O sea, 70 millones de mexicanos participaron políticamente en los recientes comicios sin tener el acceso a la información que otros sí tuvimos.

 

Como indican las más recientes cifras quinquenales sobre la cultura (generadas con base en información del sistema de cuentas nacionales, liberada en un periodo de tres años posterior a su fecha de obtención), en 1998 la cultura generó un valor equivalente a 6.7% del PIB nacional en 1998; en 2003 7.3%, y en la estadística más reciente sigue siendo 7.3%. Sin embargo, se estima que la de la economía sombra; es decir la que no sabemos medir o la que no es legal o es informal. La primera vez, fue de 1% del PIB, la segunda 2.5 %, y en esta última medición es casi la mitad de todos los bienes y servicios de carácter creativo y simbólico. Las mediciones se nos escapan, porque no sabemos medir, por ejemplo, las descargas electrónicas. Los derechos de autor en la industria creativa tradicionalmente han fungido como las patentes en la industria farmacéutica. Sin ellos no habría razones para desarrollar contenido. Los creativos protegen sus obras por medio de dichos derechos y de esa manera han preservado sus incentivos. Es por ello que necesariamente la tecnología y los sistemas legales deberán adaptarse a esta contraparte, la oferta.

 

Hoy en día la tecnología brinda las posibilidades de reducir costos, reduciendo así la extensa cadena productiva y llegando a los consumidores con un menor número de eslabones. Éstas son las capacidades sobre las que la industria requiere profundizar. Los beneficios que se observan en este momento histórico se asocian en mayor medida a la demanda, a los consumidores que adquieren contenidos con mucha mayor facilidad. Estadísticas recientes de la encuesta de Hábitos Culturales que realizó el Conaculta, en relación con la lectura, se nota que se está incrementando el número de adquisición de contenidos textuales por la vía tecnológica. Esto a pesar de que no más de 500 mil libros electrónicos en el país. Se observa que cada tableta electrónica que opera, casi tres millones, se está usando como libro electrónico, y cada tableta guarda en promedio 42 libros. No podemos desatender esta tendencia. El Estado debe entender integralmente los desafíos que las tecnologías presentan al hablar de contenidos electrónicos.

 

Entonces, como el desarrollo debe pensarse de manera integral, se esperaría que los encargados de la política cultural atiendan los problemas relacionados con la fibra óptica, el problema de la brecha digital, de alfabetización digital, mantener relación con la Comisión Federal de Electricidad, empresarios, innovadores, y el sector TIC en general. No se observa que en México exista un maridaje entre digitalización, conectividad y cultura; y ya dejaríamos de hablar de la importancia de la conectividad. Resaltar esto en la conectividad como un derecho resulta irónico, hoy en día nadie escribe artículos de investigación, ni organiza simposios sobre la importancia de la electricidad, lo mismo con la conectividad. La importancia en el hogar, la industria, la comunicación y todos los sectores económicos como sociales se ven beneficiados, y este es de conocimiento público.

 

Debemos echar a andar una agenda digital, que incluya cultura, la creatividad, la innovación, la educación y conectividad, vinculada con el Plan Nacional de Desarrollo, porque de ello depende el bienestar en nuestro país. El desarrollo tecnológico no cesará, así como la creación de contenidos creativos, por lo que los sistemas legales requerirán de acciones dinámicas y eficientes para mantener en línea el interés de privados y consumidores.

 

 

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