Políticas Culturales

Formar lectores, un reto estructural

 

a lectura ha sido considerada, desde hace algunos años, una práctica fundamental para la adquisición de conocimiento, información, entretenimiento, consumo editorial, vínculo social y hasta una estrategia para la inclusión o medio para el ejercicio de una ciudadanía participativa.

 

 

Por estas razones, y otros motivos, la lectura se ha constituido en un tema de política pública desde mediados del siglo XX, si bien vinculada fundamentalmente con el tema de la alfabetización. Su importancia se puede evidenciar, más recientemente, por el hecho de que se han llevado a cabo sendas encuestas que tratan de mostrar el panorama vinculado al tema de la lectura considerando montos, motivaciones, prácticas, hábitos, preferencias, frecuencias, entre otros aspectos, que permitan conocer las distintas dimensiones que involucra: económica, social, cultural.

 

Sin embargo, lo que ha caracterizado al tema de la lectura es su énfasis en el libro y el número que las personas pueden leer en un año, la visión de que la lectura es un medio para alcanzar mejores niveles educativos y de alfabetización, por lo mismo, de obligatoriedad. Aunque también existe un consenso en relación a que la lectura no sólo es responsabilidad de las personas sino también un tema de agenda pública, hay una preferencia por un modelo individual (y no colectivo) al que apuntan la mayoría de las campañas desarrolladas en términos de fomento. En este marco, es necesario enfatizar ya no se trata de hacer fomento a la lectura, de lo que se trata es de poner en el centro al propio lector (más que la modalidad o medio con el que se practica la lectura) para lograr el éxito de cualquier política pública que reconoce los diversos beneficios que trae los procesos lectores y el ejercicio de la lectura como parte de sus derechos culturales.

 

En este sentido, el objetivo de cualquier iniciativa consiste en contribuir a la formación de lectores activos a través de acciones estratégicas que permitan mejorar la auto-percepción que tienen los habitantes de la Ciudad de México sobre su identidad como lectores, en el reconocimiento de las funciones que tiene la lectura en su vida cotidiana (gustos, intereses, toma de decisiones, productividad, mejora en la educación integral), en el aumento de sus prácticas lectoras y en la construcción de una ciudadanía participativa.

 

Para el logro de lo anterior es necesario que cualquier estrategia considere la intervención en los siguientes aspectos: la capacitación permanente dirigida a mediadores de lectura (bibliotecarios públicos, promotores institucionales o ciudadanos); la conformación de nodos de lectura que multipliquen la formación de lectores ciudadanos mediante un trabajo en red; y la instrumentación de una campaña de comunicación que fortalezca a la ciudadanía como lector activo.

Colocar en el centro al lector con sus necesidades de la vida cotidiana, sus intereses y expectativas, con su derecho a decidir qué lee o cuánto quiere leer busca crear la Identidad del lector. Pero, también se trata de reflexionar y cambiar los indicadores que nos dicen cómo nos vamos desarrollando como lectores. Pues es muy común escuchar en los medios de comunicación a los padres de familia, profesores o algunos intelectuales, decir que en México no se lee o que no se sabe leer.  Mucho de esta idea tiene su argumentación en las cifras, resultado de diversas encuestas, las cuales arrojan datos poco alentadores sobre la formación de lectores.

 

Aunque reconocemos que tenemos enfrente un gran problema, pues el hecho de no leer es una pérdida enorme en cuanto a capacidad de reflexión, pobreza en el lenguaje y limitaciones en diversas formas de expresión; también hay que reconocer que las cifras, y muchas voces, no nos dicen por qué la gente no lee, no nos dicen cuáles son las causas; sólo se encargan de evidenciar el problema.

 

Un estudio integral realizado en 2012 en el DF sobre la lectura, nos dice que la apropiación y significado de los procesos y prácticas lectoras son atravesados por varios factores, desde lo económico hasta la parte emocional o identitaria que inciden en la constitución de un lector. Mucho de este problema se desprende desde las políticas públicas que, en lugar de empatar las acciones con las necesidades cotidianas de la ciudadanía, se han centrado en el libro como el único indicador que evalúa y opera lo que se conoce como “fomento a la lectura”.

 

Los distintos programas de Fomento a la lectura que se han implementado en el país y en la Ciudad de México, se han caracterizado por la dotación de libros como la acción más evidente, le dicen al lector qué debe de leer, cuánto debe de leer, la rapidez con que se debe de leer. Pero pocas iniciativas se detienen a considerar las necesidades que resuelve esa práctica en la vida cotidiana, pocas iniciativas revisan que el problema con la lectura es un problema de formación educativa más amplia, que va desde cómo nos enseñan a leer hasta cómo nos forman como lectores activos. Por ello, hay que considerar que no es sólo un problema individual, también es un problema estructural.

 

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