Políticas Culturales

 

Medir la cultura, ¿Para qué?

“Para el caso de la cultura no todo es cuantificar ni todo son metas, es necesario tener indicadores que nos hablen también del proceso”: Pérez Camacho”

“Si el programa Cultura para la Armonía continúa trabajando con una orientación que contrarreste la cultura del narcotráfico o el miedo, puede tener mayor peso que sólo visualizar actividades para el esparcimiento, como tradicionalmente se ha confinado a las políticas culturales públicas”

n las últimas dos décadas medir la cultura se ha vuelto todo un reto para especialistas, funcionarios, gestores y todos aquellos vinculados con el desarrollo cultural comunitario, regional o nacional. Pero, ¿para qué medir la cultura? Además de que es necesario por su importancia y reconocimiento en la dinámica económica, por ser considerada el Cuarto Pilar del desarrollo o para mostrar qué tan efectivo se hace ese derecho a la cultura inscrito en el Artículo 4º Constitucional, es que consideramos que medir la cultura puede servir para evaluar los programas de política cultural que se desarrollan en el territorio o comunidades, es decir, para saber si se están logrando los impactos que se propusieron.

 

   En este último caso se encuentra el programa Cultura para la Armonía del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) el cual busca colocar el quehacer cultural a nivel estratégico y comunitario: mostrar que la cultura puede contribuir al combate a la violencia, al apoyo de la economía familiar, al restablecimiento del tejido social y a la recuperación de la confianza ciudadana en momentos en los cuales el país parece un polvorín.

 

   Cuando se dice que se pretende medir la cultura habría que revisar primero, qué se quiere decir con eso. En este terreno, existe un predominio de mediciones cuantitativas que se convierten en las variables sobresalientes y que legitiman algunos resultados. Para el caso de la cultura no todo es cuantificar ni todo son metas, es necesario tener indicadores que nos hablen también del proceso. Hay que considerar que los indicadores sirven también para sistematizar la experiencia, son variables que permiten saber en qué se ha cambiado y hacia dónde se quiere ir.

 

    ¿Qué tipo de indicadores son más apropiados para medir la cultura? Depende de los objetivos. Si el programa sólo otorga instrumentos musicales, si sólo ofrece eventos masivos, si sólo incrementa los acervos bibliográficos, lo que busca es crear las condiciones de acceso a la cultura, por tanto, los indicadores giran en torno a la cobertura (número de participantes, presupuesto invertido, cantidad adquirida), lo cual es importante porque está contribuyendo a lo que se conoce como democratización cultural.

 

    Si el programa quiere generar procesos de apropiación, los contenidos culturales deben ser más específicos, en este sentido las mediciones se enfocan a cómo la ciudadanía se relaciona con el programa, al tipo de uso y consumo de los productos o servicios culturales que se ofertan, por ejemplo, saber cómo se están dando los procesos artísticos, qué estrategias y modelos se están siguiendo, qué tipo de formación artística se va generando. Aunque los objetivos buscan un grado mayor de intervención, los instrumentos aplicados para su seguimiento siguen estando en el territorio acotado del programa y sus mecanismos para desarrollarlo.

 

   Pero si se quiere un impacto mayor que toque los hilos del tejido social, entonces, los instrumentos de seguimiento variarán porque hay que revisar los tipos y grados de participación diferenciada (jóvenes, mujeres, hombres, niños), la intensidad en el involucramiento de diversos actores (niveles de gobierno, empresas, sociedad civil organizada, etcétera). Así, el territorio de los indicadores se amplía y, sobre todo, el enfoque ahora involucra a los habitantes y el contexto que los rodea, por ejemplo: cuántas, de qué tipo y quiénes hacen propuestas alternas o complementarias al programa de origen; cuál es el grado de participación de los ciudadanos (qué tan dispuestos están en participar más allá de su papel como espectadores o como público); qué atmósferas, escenarios o ambientes se van construyendo alrededor del programa; qué tipo de vínculos se van creando entre los vecinos, las familias, los amigos, las autoridades y la ciudadanía; qué valores operan en los habitantes cuando evalúan los contenidos de los programas; cuánto y cómo se reactivan los empleos y los comercios locales cuando se presentan eventos o actividades culturales.

 

 

 

 

   En el caso de Cultura para la Armonía es necesario que la medición sea integral, que los indicadores sean tanto cuantitativos como cualitativos, pero siempre bajo una perspectiva procesual: saber qué cambios se están dando en el contexto o cómo van cambiando ciertas prácticas en la ciudadanía, para eso se requiere de indicadores que permitan la sistematización en un antes, durante y después de la intervención cultural.

 

    ¿Cómo saber si la cultura está disminuyendo la violencia? Podrían ser varias las rutas o indicadores que se pueden utilizar para saber cuál ha sido la incidencia de este programa para disminuir la violencia (en específico para casos como Michoacán o Tamaulipas), pero sugerimos partir de un modelo que considere como líneas de evaluación:

 

 

 

 

    Hay que considerar que si el programa Cultura para la Armonía continúa trabajando con una orientación en donde se fomenten valores que contrarresten, a través de acciones culturales, aquellos que promueven la cultura del narcotráfico, la incertidumbre o el miedo, puede tener mayor peso que sólo visualizar actividades para el esparcimiento, como tradicionalmente se ha confinado a las políticas culturales públicas. Que este tipo de programas, además de ir más allá de la formación artística (muy importante por cierto), forje espacios, distintos grados de participación y de decisión ciudadana enfocados al respeto, la convivencia -justo en armonía-, seguramente será muy importante para Michoacán y otros lugares que están experimentando situaciones de conflicto similares.

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*Artículo publicado en la Revista Emeequis del 03 de noviembre de 2014