Políticas Culturales

Música para la paz

Fomento Musical en Michoacán

 

“Se trata de un programa comprometido con Cultura para la Armonía; y para ello se requiere de una sagacidad especial, aquella que supone convertir la acción cultural en diálogo intercultural”

a coordinación del Sistema Nacional de Fomento Musical del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes tiene tres décadas de existencia y su discreta presencia en el ámbito cultural ha tenido por eje, como dice su página electrónica, “la promoción del desarrollo integral de niños y jóvenes a través del quehacer musical”. Su misión se ha centrado en la educación y la formación de profesionales de la música pero en las condiciones de urgencia que vive el país ha volcado su experiencia en vincularse con el programa Cultura para la Armonía, el instrumento del Consejo para colaborar en la creación de condiciones sociales adecuadas para que la sociedad encuentre caminos para recuperar la sociabilidad y la desconfianza rotas por la violencia, sobre todo en las zonas en que ésta es más visible.

 

    La experiencia reciente para observar parte de los trabajos que realiza Fomento Musical en Michoacán me permitió conocer una experiencia muy interesante en comunidades de esa entidad. Abordaré las de la ribera del lago de Pátzcuaro; se trata de la formación, casi desde la nada, de una orquesta infantil y juvenil en esa región. Un sensible trabajo de promoción en comunidades de Erongarícuaro, Tzintzuntzan, Tzurumútaro y Pátzcuaro logró que alrededor de 150 chicos de estas comunidades se interesaran en aprender a tocar cuerdas, alientos, metales y percusiones.

 

     Con una inversión de un millón y medio de pesos en instrumentos, los niños se han incorporado a clases colectivas –una vía muy compleja de educación musical- para el manejo de los instrumentos. Las clases se realizan en locales facilitados por los gobiernos municipales para que cuatro días a la semana, en sesiones de tres horas, trabajen los maestros con los chicos bajo la mirada atenta de los padres de algunos de ellos.

 

     Con la entrega de los instrumentos el programa pasó de las palabras a los hechos. Una dotación de alrededor de 70 instrumentos de cuerda no es poca cosa, pero el número de alumnos rebasa el de los violines, violas, chelos y bajos. Y así ha sido en el caso de los otros instrumentos. Los promotores están satisfechos de la repuesta local pues hay lista de espera para ocupar los lugares que dejen los chicos que no desean continuar en el proyecto quienes, hasta el momento, han sido pocos.

 

    El factor clave en esta aventura han sido los profesores, un verdadero capital humano. No hay improvisación en el trabajo que realizan, de introducir a los niños a la música, enseñarles las bases de la notación musical, el ritmo y la armonía, hacerlos trabajar juntos durante tres horas para luego ir a sus casas a hacer sus tareas escolares, imaginar actividades para romper la monotonía de los ensayos; en fin hacer que el proyecto camine con la confianza de los niños y de los padres de que cada día dan un pequeño paso en el manejo de sus instrumentos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    Pero en los hechos el programa exige más. Por una parte aunque el trabajo con niños, casi todos preadolescentes es muy importante hay otros sectores qué atender. Por otra parte, los gobiernos municipales deben encontrar en este proyecto una forma de hacer visible su compromiso con los ciudadanos dotando o reorganizando el uso de los espacios públicos, resolviendo las pequeñas necesidades cotidianas, en fin aprovechar el empuje de este proyecto para recuperar el sentido de lo público.

 

    Observo tres riesgos en este programa. El primero es el de la falta de continuidad. Un proyecto tan importante, con tanta inversión en dinero y en afectividad por parte de alumnos y padres sufriría un golpe definitivo en credibilidad en caso de que por falta de presupuesto se dejara caer. Otro riesgo es que el programa abordara adecuadamente la parte didáctica y no la parte social. Finalmente se trata de un programa de fomento musical comprometido con Cultura para la Armonía. Y para esto se requiere de una sagacidad especial, aquella que supone convertir la acción cultural en diálogo intercultural. Ya en su concepción el proyecto tiene mucho de esto. Se trata de cuatro comunidades comprometidas con un proyecto regional. Ahora habrá que racionalizar y ampliar este propósito con un promotor que apoye al maestro de música con actividades adicionales.

 

    Por fortuna los padres de familia pueden ser el apoyo definitivo para lograr esta meta. El tercer riesgo es el más complejo: Este programa supone una revaloración de la acción pública. Convertir este programa de un recurso para reeducar a los poderes públicos en su papel de mediadores de la acción ciudadana requiere de la voluntad de los poderes local, estatal y federal. Evitar que el programa se considere una dádiva, aceptar que los implicados tienen voz y opinión, entender que los poderes públicos son básicamente un conducto para canalizar las relaciones entre los ciudadanos y las autoridades y los ciudadanos entre sí en favor de sus legítimas demandas, es un proceso de reaprendizaje.

 

 

    El desarrollo del programa produce entusiasmo. No sólo por la presencia de los chicos sino por compromiso de los padres. Pero sin duda requiere de supervisión y creatividad constante para hacer de estas acciones, terreno de fortalecimiento de la paz y la armonía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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