Políticas Culturales

Nuevas políticas culturales

para un nuevo siglo

 

ste siglo comenzó con una propuesta aventurada sobre el papel de las políticas culturales como promotoras del bienestar social. Decimos aventurada porque antes de esto, las políticas culturales seguían un camino más o menos claro de fomento de las artes y promoción y cuidado del patrimonio histórico cultural. A pesar de la creciente diferenciación de las disciplinas artísticas, y de las distinciones entre tangible e intangible en cuestiones de patrimonio, el diseño, ejecución y evaluación de las políticas culturales no sufrieron cambios radicales. Incluso podemos señalar que la tendencia de las políticas culturales en la medida en que se orientaban a actores sociales específicos –sus beneficiarios– y a cuidados de bienes inmuebles que precisan de especialistas, era la de asimilarse o incluirse como temas de los sistemas de enseñanza.

 

   ¿Qué tiene de nuevo lo “nuevo”?

 

    Primero, no es que el siglo XXI amaneciera con un apetito de innovar y que de pronto se nos ocurriera que habría que proponer cosas novedosas. Más bien es resultado de un efecto acumulado, de por lo menos 20 años, en los cuales comenzaban a emerger temas como el de industrias culturales, espacios públicos, turismo cultural, ciberculturas y, especialmente una mayor conciencia y comunicación de los derechos culturales. Y, en efecto hay una interdependencia muy importante entre políticas educativas y culturales, pero poco o nada es la relación con aquellas políticas de desarrollo económico, social o medioambiental.

Los derechos culturales como parte de los derechos orientados al bienestar, que podemos reconocer por sus siglas DESC –Económicos, Sociales y Culturales– están referidos como tales a la libertad de elección. Especialmente a libertades fundamentales como la propia identidad, que tiene manifestaciones materiales en lenguajes, comportamientos y expresiones; al reconocimiento de dicha libre elección, y como consecuencia, a la posibilidad de una convivencia social pacífica entre todas ellas.

 

   Es indudable que el derecho a la educación es parte de estos derechos porque los derechos sociales, a su vez, consideran una base de bienestar suficiente como salud, educación y vivienda. A raíz de esta reflexión se ha propuesto, en varias partes del mundo, pensar en una política de bienestar única, partiendo de la relación de interdependencias entre las distintas políticas públicas que garantizan estos derechos al bienestar.

 

   La propuesta de políticas culturales como promotoras del bienestar social es aventurada pero no es descabellada; primero porque hay que asumir que existen de hecho interdependencias entre distintas políticas de bienestar, pero que en algunos casos la tendencia es asimilarlas en lugar de maximizar su capacidad autónoma. La interdependencia significa que para hacer cosas “yo necesito de usted, tanto como usted de mí para hacer las suyas”. La asimilación es que “yo quiera que usted haga lo que a mí me interesa, sin considerar sus propios intereses”. En otras palabras, hay políticas que tienden a fagocitarse: absorberse, incorporarse, lo que les restaría autonomía y con ello, potencial renovador.

 

   Señalamos esto porque cuando se habla de una renovación de las políticas culturales, dado el incremento de sus ámbitos, se podría pensar en crear una mega política cultural que todo lo abarcara, primero porque quienes propusieron esta política integradora la denominaron “cultural” y segundo; porque se estableció una agenda para el siglo XXI, sancionada por la Organización Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales, bajo el nombre de Agenda 21 de la cultura.

 

   Por su mismo nombre, política cultural o Agenda 21 de la cultura se ha prestado a confusiones; por ejemplo: se refieren a cultural porque como dicen sus creadores, es local y esto significa que es en las localidades en donde se manifiestan comportamientos típicos, incluso de una región a otra en un mismo país. Pero además porque también se expresan en ellas valores, que como los propios de las democracias: libertad, igualdad, solidaridad, orientan prácticas y construyen sociedad. Tiene por tanto, una razón de ser su denominación de política cultural o agenda cultural, en la medida en que se refiere a un conjunto de población bien delimitada y se propone, a partir del esfuerzo de la misma, constituirse en una sociedad de bienestar.

 

   La advertencia radica en que se emplean dos significados para la misma palabra en el mismo texto: cultura en sentido amplio, como creencias, valores, comportamientos, significados, y cultura en el sentido estricto o restringido, propio de las políticas culturales tradicionales. Como quiera que se entienda “cultura”, lo cierto es que sin su consideración, cualquier acción colectiva orientada al bienestar pronto perdería su rumbo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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