Políticas Culturales

Ese lugar llamado pasado

 

“Constantemente las instituciones responsables del patrimonio cultural nos dan a conocer decisiones, novedades o descubrimientos que son resultado de su actividad. Se trata de una política de comunicación social muy importante porque con ello se muestra cómo se hacen cargo de su misión institucional y, también por qué ejercen una función pedagógica sobre el patrimonio y la memoria”

onstantemente las instituciones responsables del patrimonio cultural nos dan a conocer decisiones, novedades o descubrimientos que son resultado de su actividad. Se trata de una política de comunicación social muy importante porque con ello se muestra cómo se hacen cargo de su misión institucional y, también por qué ejercen una función pedagógica sobre el patrimonio y la memoria.

 

    A mediados de septiembre pasado, la dirección del Instituto Nacional de Antropología e Historia anunció la recuperación de un importante documento colonial: el denominado Códice Chimalpahin, que había sido intercambiado en los primeros años de nuestra vida independiente por un lote de biblias que servirían para apoyar la alfabetización del pueblo mexicano.

 

    Los etno-historiadores aprecian en ese documento del siglo XVII una fuente fundamental sobre la vida cotidiana, la sociedad y la política mexica y de la Nueva España del siglo XVI. El 21 de mayo de 2014, dicho códice iba a ser comercializado en Londres por una casa de subastas y justo en la víspera, el INAH logró concretar una compra privada que lo evitó.

 

    A fines de octubre pasado, otro interesante acontecimiento fue dado a conocer como resultado de un paciente trabajo de investigación arqueológica que tiene de todo para convertirse en una excelente pieza narrativa: El descubrimiento de una ofrenda con miles de objetos en un túnel debajo del templo de la Serpiente Emplumada en Teotihuacán.

 

    A la constante investigación desde hace décadas en la zona de Teotihuacan por parte de arqueólogos mexicanos, se incorporaron nuevos recursos tecnológicos -georadares, escáneres, láser, robots-, lo que supone la colaboración de varias disciplinas científicas y la inversión de importantes recursos económicos.

 

   Podemos imaginar el proceso en la toma de decisiones que tuvieron lugar en gabinetes y laboratorios sobre el rumbo que debía tomar la investigación. Todo esto dio lugar hace algunos años al descubrimiento de túneles subterráneos en el templo de Quetzalcóatl, de la llamada Ciudadela y, muy recientemente de la importante ofrenda compuesta por miles de objetos.

 

    La forma en que se dieron a conocer ambos acontecimientos fue sobria y, hasta podríamos decir, elegante. Aunque son dos hechos diferentes: una delicada negociación con la casa de subastas Christie´s, en el Reino Unido y; la segunda, la investigación paciente en una de nuestras más estimadas zonas arqueológicas, nos remiten tanto al trabajo de las instituciones culturales del Estado como a nuestra política sobre la memoria y el patrimonio cultural.

 

    Es interesante observar cómo estamos rodeados de nuestro pasado. Tan sólo este año conmemoramos el 200 aniversario de la Constitución de Apatzingán, el centenario de la toma de Zacatecas y el de la Convención de Aguascalientes, así como el nacimiento en 1914 de tres grandes poetas y escritores mexicanos: Efraín Huerta, José Revueltas y Octavio Paz.

 

 

 

 

 

    Resulta interesante la convergencia Estado-sociedad en la preocupación por el pasado pero esto que vemos hoy como algo natural, ha sido también un hecho cultural cambiante, por lo que advierto tres maneras de acercarse al pasado en el México reciente: La primera se vincula a la constitución de la nación mexicana desde fines del periodo colonial hasta los años 60 del siglo pasado. Se trató de una búsqueda en dónde fincar nuestro deseo de libertad; característica central de la noción que se tiene de patria, y de cómo presentarnos ante otras naciones.

 

     La preocupación a fines del periodo colonial y ya en el México independiente por las antigüedades indígenas se tradujo en la creación de un museo nacional, así como en las primeras interpretaciones de nuestro pasado prehispánico; incluso se consagró a algunos personajes indígenas como héroes mexicanos, tal es el caso de Cuauhtémoc.

 

     El periodo más relevante de esta ruta hacia nuestro pasado ocurrió en los años de consolidación del sistema político surgido de la Revolución y que está relacionado con la formación de una élite moderna, vinculada a la creación de un Estado que integrara a las masas obreras y campesinas y que vio en los indígenas una fuente cultural de primera importancia.

 

     A fines de los años 60, los movimientos sociales adquirieron una nueva dimensión, sobre todo por el despliegue de grupos indígenas y campesinos independientes de las organizaciones de masas del Estado. El gran problema era cómo incorporar la disidencia política y social al proyecto unitario promovido por las élites en los años anteriores.

 

   Poco a proco se abrió un panorama en el que la diversidad cobró carta de naturalización. Dejamos de hablar de cultura popular para hablar de culturas populares; dejamos de hablar de púbico para referirnos a públicos; nos preocuparon las políticas culturales y no la política cultural; hablamos de multiculturalismo y no de cultura, y la lista es larga.

 

   Poco a poco la visión de nuestro pasado se amplió y nos vimos obligados a introducir las diferencias regionales, las tradiciones particulares y, al final, los diversos patrimonios. El choque entre estas dos visiones del pasado se hizo constante y el consenso nacional parecía inviable a menos que nos colocáramos en un horizonte de tolerancia y aceptación.

 

      Posiblemente estemos hoy ante una tercer manera de conectarnos con el pasado, la posmoderna, que se ha instalado en nuestro horizonte conviviendo con las otras formas. El cambio está en cómo nos acercamos a ese pasado. En la primera oleada de trabajo de la memoria nos interesaba el pasado para proyectarnos al futuro. Hoy, el porvenir nos parece demasiado cercano y más bien parece que el pasado es el refugio ante el cambio. Convivimos con un presente y un futuro apocalíptico. El presente es una fantasmagoría, un enjambre de relaciones espaciales, temporales, de frontera, límites, diásporas y hasta decadencia… en el que el futuro se nos hace poco deseable y en cambio el pasado un lugar cálido, más habitable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   ¿Qué visión del pasado están construyendo hoy, en el siglo XXI, nuestras instituciones culturales? Sin duda la diversidad también las ha inundado y no podemos pensar que haya una sola manera de trabajar la memoria. Por ello es indispensable extender el acuerdo social sobre la diversidad al patrimonio y la memoria, abriendo la puerta al diálogo entre las múltiples interpretaciones de nuestra historia y nuestro pasado cultural.

 

    Hoy más que nunca el presente se nos ha hecho incómodo y la tentación de refugiarnos en el pasado, atractiva. La visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestro futuro, en medio de las rupturas que creemos percibir con nuestro pasado, es ahora la atmósfera en la que debemos trabajar nuestra memoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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