Políticas Culturales

 

Políticas culturales y cambio social I

¿De qué hablamos cuando hablamos de políticas en red?

“A finales de la última década del siglo pasado se puso en boga el término de políticas en red como una nueva forma de relación entre el gobierno y la sociedad; relación a la que se le denominó de gobernanza”

 finales de la última década del siglo pasado se puso en boga el término de políticas en red como una nueva forma de relación entre el gobierno y la sociedad; relación a la que se le denominó Gobernanza. La recepción de este concepto, proveniente del inglés governance, creó cierta confusión en nuestra región latinoamericana, porque parece ser sinónimo de gobernabilidad. Pero si atendemos a su morfología, tiene mayor parentesco con palabras como crianza o enseñanza, que aluden a un proceso o permiten describirlo como tal.

 

    Gobernanza entraña además el sentido de la teoría del control o la Steuerungstheorie alemana, y el de la cibernética (del griego Kubernetike = arte de gobernar una nave). Así gobernanza es el proceso especialmente abocado al control o gobierno de políticas públicas que afectan directamente la vida de los ciudadanos. Y este proceso adquiere su mejor expresión cuando se configura como red, en la que actores públicos, privados y sociales; o si se prefiere, gobierno, mercado y sociedad civil participan conjuntamente. Tal participación conjunta se define como políticas en red.

 

    No obstante esta definición, los análisis empíricos de estas políticas muestran ciertas dificultades. Primero, porque no existe un concepto claro y uniforme de red, esto es, una teoría. Existen, eso sí, herramientas de análisis muy potentes para describir redes, pero a diferencia de estos análisis, los conceptos tienen principios de demarcación o límites, que nos permiten determinar cuándo algo actúa o se comporta como red, o cuándo algo que parece una red, no cabe en la definición del concepto, en nuestro caso, del concepto de políticas en red.

 

    Dado que el análisis de red se basa en un principio elemental de relacionalidad, toda relación puede describirse de esta forma. Por ejemplo, cuando analizamos relaciones entre los directivos de escuelas y los padres de familia, o entre miembros de un sindicato y sus afiliaciones partidarias, o relaciones de amistad, o de profesionistas… y qué decir de las muy de moda redes sociales.

 

    Por otro lado, se le han atribuido a la red características tales como flexibilidad, movilidad, dinamismo, multifuncionalidad, y se contrastan con las organizaciones jerárquicas, típicamente verticales, inflexibles, estáticas, monofuncionales. Cuando los análisis empíricos incluso internacionalmente comparados, muestran jerarquías e inmovilidad, como es el caso, por ejemplo, en la transformación de las organizaciones corporativas a organizaciones planas y la oposición sindical en Estados Unidos, Japón o Alemania.

 

    Precisamente porque el tema no es la red, sino los impactos de los cambios sociales que afectan desde luego a las relaciones sociales. Una red se puede compactar hasta la inflexibilidad, precisamente porque está respondiendo a cambios en su entorno que afectan su posición.

 

    Las redes como bien lo señala Bruno Latour en su libro Reensamblar lo social, no tienen atributos a priori, son lo que son cuando se realizan. De ahí el riesgo de acabar analizando metáforas y no realidades. Ésta es la preocupación del sociólogo alemán Dirk Baecker quien publicó el ensayo Systems, Network, and Culture, para el Congreso Internacional de Sociología Relacional, llevado a cabo en Berlín, los días 25 y 26 de septiembre de 2008.

 

   Ese ensayo tiene como objetivo establecer una relación de complementariedad entre la Teoría de sistemas sociales y la Teoría de red. Aunque ambas teorías pueden desarrollarse de manera independiente, comparten un ámbito de conocimiento del que las aportaciones, tanto de una como de otra teoría pueden enriquecer, a diferencia de si lo hicieran por separado. Y este ámbito es precisamente el de la cultura.

 

    Esta propuesta no es ajena a una tendencia que está suscitando un consenso más o menos amplio en varias disciplinas de las ciencias sociales: el papel de la cultura como motor del cambio social. Concentrándonos en la cuestión del límite a partir del cual una red se configura; el principio de articulación de una red no es otra cosa que la identidad de sus miembros al establecer sus enlaces. Podemos hablar así de redes de amistad, de exalumnos, de profesionistas, de aficionados a un equipo de futbol, de compañeros de trabajo, de tribus urbanas.

 

    Lo que sea que hagan esos miembros fuera de la red, poco importa a su ensamblaje, para utilizar el término de Latour. Esta identidad se observa como el valor propio de la red. Hay redes flexibles y hay redes compactas; lazos débiles y lazos fuertes. Este principio de identidad determina quién pertenece a la red y quién no. Con esta propuesta, podemos entender que la amistad, la profesión, el objetivo común o cualquier otro elemento que sirva como principio de identidad, aparece como un equivalente estructural de la red. ¿En qué sentido Baecker define dicha equivalencia estructural? Para la Teoría de Sistemas las estructuras sociales se establecen a partir de expectativas; así, una estructura de expectativas es la que otorga cierta estabilidad al comportamiento de la sociedad moderna.

 

    En sociedades autoritarias, la estructura de expectativas políticas se da a partir de relaciones clientelares y corporativas, y desencadena comportamientos que configuran redes compactas e inflexibles. La transición de una sociedad autoritaria a una sociedad democrática, entraña una problemática de desajuste y reajuste de expectativas. La exigencia de una mayor horizontalidad convive con la persistencia de esquemas autoritarios. Existen, según la teoría, dos tipos de expectativas: las normativas y las cognoscitivas, mientras las primeras determinan la prevalencia de la expectativa sobre la realidad, las segundas buscan ajustarse mediante el aprendizaje.

 

 

 

    Las expectativas son acciones anticipadas. Por ejemplo, si alguien decide ser médico, sabe que tiene antes que cursar una carrera universitaria; si quiere que un cierto candidato de algún partido llegue a ser gobernador o legislador, sabe que tiene antes que votar. El resultado de la expectativa en sentido personal o subjetivo, puede decepcionarla o decepcionarlo, pero en sentido objetivo, la evalúa conforme a los pasos que siguió para obtener dicho resultado.

 

    En una sociedad autoritaria, el sentido del ser ciudadano como expectativa no existe, por la razón de que no existen objetivamente resultados a evaluar. Es igual si vota o no; es igual si paga o no impuestos; es igual si obedece o no leyes y reglamentos. Y en casos de sociedades desiguales, con altos índices de exclusión y violencia, incluso es mejor hacerse el que no ve. A todos estos comportamientos, creencias, actitudes, los podemos enmarcar bajo el rubro de Cultura.

 

    ¿Actualmente qué es lo que nos está marcando el contraste y la diferencia para decir que estamos cambiando? La revalorización de la sociedad civil y del ser ciudadano. Las expectativas que tenemos sobre ambos, rebasan con mucho nuestra realidad actual, pero como principios de identidad para la configuración de políticas en red, pueden marcar una diferencia importante entre querer ser democrático y serlo efectivamente. Como señala Baecker en su ensayo, con esta perspectiva podemos entender que los equivalentes estructurales para la constitución de expectativas están dadas por los movimientos sociales, por un lado, y por las exigencias actuales que tienen los gobiernos de inclusión y democracia.

 

    En este sentido son las políticas culturales en red las que actualmente están operando el cambio democrático en extensas regiones del mundo. De modo que al hablar de políticas en red, hablamos de cambios sustanciales en las sociedades contemporáneas, de cambios hacia una democracia constructiva y constructora de ciudadanía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A