Políticas Culturales

 

Políticas culturales y cambio social II

Cultura, hegemonía

y políticas en red

“¿Hacia dónde, entonces, apunta el giro cultural? Hacia el análisis de las concepciones y valores de la modernidad, sus dinámicas, transformaciones, contradicciones, efectos no deseados, riesgos y orientaciones.”

l propósito de este texto es mostrar la importancia que ha tenido para la reflexión y el análisis de las ciencias sociales, especialmente para la sociología, el giro cultural. La sociología se ha concentrado en los cambios de concepciones que se cristalizan, en los cambios de las instituciones de la modernidad. Según esto, la cultura, portadora de estas concepciones y los valores que entrañan, manifiesta y al mismo tiempo oculta su origen. Esto ha sido muy notorio en el caso de las concepciones sobre la sociedad civil y la ciudadanía. Su revaloración genera expectativas, pero también oculta su carácter histórico.

 

    La ola democratizadora que impactó en Europa del Este y en Latinoamérica, fue vista por propios y extraños con tal furor que se pasaron por alto las condiciones en que esta ola nos invadió. Su implementación nos ha llevado a calificarlas de débiles, incipientes o frágiles. Se nos olvida que en principio son proyectos y no realidades acabadas. Lo que se nos oculta entonces es su carácter histórico, proyectual, contingente. Y habrá que entenderlo de esta manera, puesto que ésta es la fuente de la que abrevan las estructuras de expectativas.

 

    ¿Hacia dónde, entonces, apunta el giro cultural? Hacia el análisis de las concepciones y valores de la modernidad, sus dinámicas, transformaciones, contradicciones, efectos no deseados, riesgos y orientaciones. Existe todo un repertorio temático que la describe como “post-“, “hiper-“, “ultra-“, “segunda modernidad”, o “modernidad líquida”. Y en este contexto prácticamente evanescente ¿cómo entender esta cuestión de la cultura como portadora de concepciones y valores?

 

    En su ensayo, Systems, Network, and Culture, Dirk Baecker señala que la cultura se comprende mejor bajo una teoría específica, la Teoría de la forma. Según esto, al considerar la forma valor establecemos una distinción de dos lados: valor/contravalor, que pone, por así decirlo, un observador. Es posible que haya, de suyo, cosas valiosas, pero la descripción, el énfasis y el interés no está en la cosa misma, sino en un plus, en un añadido que es el que permite la construcción de su sentido social. Podemos aceptar que la democracia es en sí misma valiosa, pero hacer efectiva su valía nos ha costado “sangre, sudor y lágrimas”.

 

    Recordando a González Casanova, pasamos de una democracia formal, vacía de contenido, a una democracia que ha puesto en crisis los viejos arreglos institucionales, en medio de procesos globalizadores de gran escala. Pero a pesar de las circunstancias, nadie, en su sano juicio -sobre todo político- declararía públicamente la vuelta al autoritarismo, aunque en su fuero interno sienta la nostalgia de los tiempos pasados.

 

    El debate actual, ya no consiste en el dilema democracia/no democracia, sino en qué tipo de democracia. Aunque está latente la vuelta al autoritarismo, porque la historia da muchos brincos, la forma democracia nos impele a establecer los valores propios de la democracia.

 

    Aquí se encuentran los atributos que son objeto de reflexión de este artículo: la cultura bajo la forma valor y la imposición social de dichos valores. Como Baecker señala, pero también Laclau y Mouffe, en su libro Hegemonía y estrategia socialista, cuando se habla de imposición, se habla de hegemonía; así, de esta manera podríamos señalar que las políticas en red que se dan y se observan como casos de gobernanza, se encuentran bajo la hegemonía de los valores democráticos.

 

    Pero hemos señalado que la imposición de los valores de la democracia: libertad, igualdad y solidaridad (fraternidad), sirven al observador como una distinción de valor/contravalor, y nada más. Cómo concibamos estos valores, depende precisamente de seleccionar su sentido. La forma ofrece un excedente de sentido. Éste lo experimentamos nosotros mismos cuando se nos pide que definamos qué es la libertad, la igualdad o la solidaridad. Un demócrata liberal cargará el énfasis en las garantías individuales y la libertad de contrato; un socialdemócrata pondrá el énfasis en la relación de la libertad con la igualdad. Pero ninguno estaría en desacuerdo sobre la importancia de estos valores.

 

    Lo primero que observamos es la hegemonía cultural de los valores; pero ésta no se extiende más allá de la distinción que establece. Todavía nos encontramos en una etapa previa a la estructura de expectativas; ésta debe darse vía la construcción de sentido. Y aquí es donde radica el problema del consenso: qué proyecto de democracia estructura expectativas, de modo que sea posible la configuración de políticas en red.

 

    Una constatación en todas las democracias actuales es el agotamiento de la representatividad como única forma de democracia. Esto no significa que la democracia representativa cuyos principales actores son los partidos políticos, haya llegado a su fin. Cuando la sociología crítica europea toca este tema, tenemos la impresión de este lado del Atlántico de que llegamos tarde. Pero la democracia representativa tiene sus fortalezas.

 

    La crisis de la representatividad que nos ha llevado a muchas reflexiones importantes, sobre todo, a la necesidad de renovar los partidos políticos, no ha tocado el tema de la diferenciación interna de la democracia, ni el tipo de programas que dicha diferenciación debe promover. Un intento importante de reflexión sobre esta crisis en los años 90 del siglo pasado, fue la Tercera vía; especialmente porque revaloró el papel de la sociedad civil como una de las esferas, al lado del gobierno y el mercado, constitutivas de las sociedades modernas. Pero las tesis de la estructuración que le dieron su contenido teórico no advirtieron sus puntos ciegos. Dicho en términos de la cibernética de segundo orden, “no vieron que no vieron”. O como decimos nosotros coloquialmente, no la vieron venir.

 

 

 

   No significa que ahora veremos lo que la Tercera vía omitió, porque los puntos ciegos son constitutivos de la observación. Lo único que cambia es el enunciado: “ver que no se ve”, aceptarlo, y prepararse en consecuencia al aprendizaje. Qué no vieron: los efectos de la caída del bloque soviético y la conflictiva global que esto trajo consigo, incluida la puesta en duda de los valores de la democracia y el libre mercado.

 

    Así, la democracia representativa se ha visto gravemente cuestionada porque no ha respondido a la pregunta “en rigor: a quién se representa”. Pero esta pregunta que ya desde Marx ha estado en circulación, es parte de sus límites. La alternativa no es otro tipo de democracia, “en lugar de”. Más bien es democracia participativa, y ésta es la que conviene a las políticas en red. Desde luego, nosotros contamos con instrumentos de participación pero, actualmente, para la participación no son los que se requieren en el diseño de políticas en red.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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