Políticas Culturales

Los 20 años de TLCAN y la política cultural en México

 

20 años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se imponen los balances y éstos nos muestran panoramas diferentes. Hasta donde llega mi entendimiento, si hablamos exclusivamente de comercio, los datos no son malos y en consecuencia se podría decir que ha sido útil el TLCAN. Cuando vemos el panorama completo del desarrollo -que implica el bienestar, los ingresos y las capacidades de los ciudadanos- los datos no sólo son pobres, sino alarmantes. Muchos países latinoamericanos, sin contar con un tratado de libre comercio con los Estados Unidos y Canadá, muestran mejor desempeño tanto en los indicadores macroeconómicos en el combate a la pobreza. Y al mal desempeño de nuestro sistema económico y social se suma el flagelo de la violencia que es la antítesis de la vida, la salud, el bienestar y desarrollo económico del país.

 

    Desde luego que hay que evitar los escenarios en blanco y negro, no porque no haya razón para considerarlos, sino por la parálisis que producen. Pensar que el TLC ha cumplido con sus objetivos es parcial si recordamos las expectativas difundidas hace 20 años. Mirar el tratado como un fracaso es olvidar que la opción por centrar la dinámica en la exportación de manufacturas se tomó varios años antes y que hasta cierto punto el tratado era una deriva natural de esa opción y tal vez la menos inconveniente. No es que no hubiera opción ante la globalización económica pero de entre las posibles –el alegre abandono a ella o su radical rechazo- el TLC era una opción racional.

 

   En materia de cultura podemos hacer una reflexión parecida. En principio las consecuencias culturales del TLCAN son sumamente limitadas. En todo caso México estaba ya enfrascado en una suerte de globalización cultural desde tiempo atrás por medio del masivo consumo de productos culturales importados, el crecimiento del turismo, la penetración de grandes empresas internacionales y las dramáticas oleadas de emigración hacia los Estados Unidos. Difícilmente el tratado afectó esas dinámicas y, si se vieron profundizadas, es muy probable que hubiera sucedido lo mismo sin el acuerdo comercial.

 

    En lo que sí debiéramos reflexionar es en algunas cuestiones que fueron dinamizadas por el TLC. La primera es la sensación de frustración de ciertos sectores preocupados por la cultura de no haber sabido aprovechar la negociación para defender mejor algunas cuestiones culturales. La experiencia canadiense en la negociación del Tratado de Libre Comercio entre Canadá y Estados Unidos, que entró en vigor en enero de 1989, dejó el precedente de haber podido excluir del tratamiento comercial a sus industrias culturales por ser un área que el gobierno canadiense consideraba de vital importancia por sus implicaciones en la construcción de su propio tejido social. Dicha experiencia sólo fue usada en el caso mexicano con fines de agitación pero no estaba en el ánimo del gobierno y de gran parte de los actores culturales diseñar y promover una política activa en defensa de las industrias culturales, sea porque no podía evitarse la sospecha de que eran un instrumento de penetración cultural o por mirarlas como un templo dedicado a la chabacanería.

 

 

 

    Una autocrítica a la falta de comprensión de las industrias culturales en el desarrollo cultural de México es imprescindible. Hoy, los esfuerzos por incorporar a los ciudadanos al disfrute de los bienes culturales más valorados como lo son el patrimonio y la creación artística y literaria tradicional, están en desventaja frente a la actitud de gran parte de los sectores populares y medios por equipar sus domicilios para hacer de la televisión, la radio, la Internet y la comunicación telefónica satelital los grandes instrumento de acceso a la cultura.

 

    La experiencia canadiense de luchar con éxito por la excepción cultural animó a muchos otros países, especialmente de Europa continental y de América Latina a excluir su sector audiovisual del mismo trato comercial que se daba a otras áreas de intercambio. Era un recurso para mantener la capacidad de producir y difundir una sensibilidad propia o al menos diferente de la que llegaba a través de la industria audiovisual estadounidense. Con el paso del tiempo y en la medida en que la negociación comercial se trasladó al GATT, la justificación de la exclusión cultural adquirió un sentido más democrático. No se trataba de defender identidades nacionales sino la diversidad en sí misma, es decir, ese modo de estar en el mundo de los seres humanos en el que reconocemos la universalidad de la naturaleza y la dignidad humana, al tiempo que sostenemos que la diversidad no sólo es un hecho sino el motor donde se funda el éxito de nuestra especie.

 

   Nuestra política cultural, a partir del TLC se ha pulido en términos de sus instrumentos institucionales (ahora tenemos, a diferencia de hace 20 años, programas de cultura mejor elaborados) y de los principios que la orientan (que asumen claramente los valores de la autonomía de la creación artística y el respeto a la diversidad) pero no ha acertado aún a ubicar a las industrias culturales y la comunicación en el papel que juegan en este mundo globalizado. Como a nivel internacional, la diversidad se ha convertido en el buque insignia de las políticas culturales, queda en México todavía un amplio espacio para trabajar en esta materia.

 

    La propiedad intelectual se reveló sorpresivamente importante en la negociación comercial de aquellos años y también debimos introducirnos a esas aguas. México modificó la legislación en esa materia prácticamente al inicio de las negociaciones del TLCAN, pero aún no ha podido asimilar todas sus consecuencias. Mirar el tema de la propiedad desde el punto de vista de la diversidad abre nuevos caminos como el defender el derecho de los ciudadanos y de las comunidades al conocimiento y la revaloración de las creaciones colectivas como un terreno más de propiedad intelectual.

 

    México fue relativamente poco afectado en el terreno cultural porque muchas de las tendencias de cambio se debían a las presiones de la globalización del que el TLCAN era sólo un elemento. Tarde hemos comprendido la importancia de las industrias culturales en la conformación de la cultura de nuestros días y nos queda un amplio camino para asociar las políticas culturales nacionales e internacionales con una gestión democrática de la diversidad.

A

“Nuestra política cultural, a partir del TLC, se ha pulido en términos de sus instrumentos institucionales (ahora tenemos, a diferencia de hace 20 años, programas de cultura mejor elaborados) y de los principios que la orientan (que asumen claramente los valores de la autonomía de la creación artística y el respeto a la diversidad)”