Políticas Culturales

Tradición musical, política cultural y su impacto social: el caso de Nurío

 

“La Orquesta y el Coro Comunitario de Nurío son una propuesta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en la que las autoridades comunitarias y la población han logrado tener un papel protagónico”

“La orquesta y el coro son una muestra de política cultural con impacto territorial debido a que se presenta a las generaciones más jóvenes la oportunidad de mejorar la técnica y garantizar la transmisión de la música tradicional”

omo sucede en muchos pueblos pequeños de México, la cancha de básquetbol es el lugar donde se decide y se debate lo público y, en el caso de Nurío, en Michoacán, no es la excepción. En esta localidad purépecha, situada en pleno centro de la Sierra Madre Occidental michoacana, justo en ese espacio deportivo convertido en ágora social, hace un año a propuesta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, se tomó la decisión colectiva de crear la Orquesta y el Coro Comunitario, conformados por poco más de 100 niños y jóvenes del lugar.

 

    Esta decisión obedeció por una parte para darle continuidad a la tradición filarmónica de esa población, que constata la existencia de un buen número de grupos y bandas musicales como la Banda Nuriense o la denominada Siete Machos, las cuales frente a la necesidad de supervivencia, cada fin de semana se trasladan a los municipios de Apatzingán o de Lázaro Cárdenas para alquilarse al mejor postor -ir al “talón”, le llaman- y; representa la posibilidad de continuar con el hábito y gusto por la música, con repercusiones que rebasan la función de entretenimiento y recreación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Al menos así lo piensan los padres de José Luis, un niño purépecha de 10 años quien, alentado por su prima, decidió meses atrás inscribirse en la orquesta para aprender a tocar el violín. “Él solito fue a inscribirse”, dice su mamá, y agrega que, aunque al principio no estaba totalmente convencida del proyecto, poco a poco le ha encontrado bondades “ahora José Luis llega de la escuela, come y se apura para ir a tomar sus clases” y, aunque siempre necesita de su ayuda para las tareas domésticas, prefiere que su hijo aprenda música en lugar de irse a los videojuegos en las tiendas de la localidad, como lo hacen muchos de los niños y jóvenes. Por su parte, el padre de José Luis desea que, en una comunidad donde las niñas y los niños se casan entre los 12 y 15 años, la orquesta fomente en su hijo otros intereses y perspectivas de vida.

 

    José Luis, quien denota mayor edad por la forma en que se expresa, considera que la música le puede permitir cuando sea más grande, un ingreso económico, lo cual suena demasiado serio si se considera que Nurío se caracteriza por las escasas fuentes de empleo, altas tasas de migración a los Estados Unidos y una escolaridad promedio de cuatro años en una población de aproximadamente 3,700 personas (características que se pueden generalizar a toda la zona purépecha considerada como de las más marginadas, según la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas).

 

   Y es que ganar dinero mediante la música y el “talón” pudiera ser peligroso, no sólo porque quienes contratan a los grupos podrían dedicarse al narcotráfico, sino por la alta tasa de alcoholismo del lugar.

Son muchos los habitantes de Nurío interesados en que el ingreso de sus hijos a la Orquesta Comunitaria conlleve una profesionalización y certificación musical que les permita ampliar su campo laboral “yo pienso que si se les reconocen los estudios podrían conseguir trabajo de profesor de música en alguna secundaria”, dice otro de los padres, cuyo hijo participa en la orquesta.

 

   Observar el interés de las niñas, niños y jóvenes que integran la Orquesta Comunitaria comprueba que la decisión de crearla fue un acierto del Conaculta, a partir del impulso de Eduardo García Barrios, afamado director de orquesta y coordinador del Sistema Nacional de Fomento Musical. El promotor cultural y responsable del sistema Jimbani Erandepakua (Nuevo Amanecer, en purépecha), Ricardo Rodríguez comenta “cuando me preguntaron dónde sería bueno crear la orquesta, no dudé en ningún momento que tendría que ser en Nurío porque aquí la mayor parte de la población es músico”.

 

 

 

    Este proyecto, que en un inicio sorteó momentos complicados como las clases sin instrumentos, a un año de su creación, es claro que derivará en la consolidación de una labor exitosa por las siguientes razones:

 

    Primero, si bien, la propuesta proviene de una instancia pública como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, las autoridades locales y la población de Nurío han logrado tener un papel protagónico, ya que mediante una asamblea comunitaria fue como se decidió aceptar la creación de la orquesta. Mediante esta misma instancia se designó –de entre todos los músicos del lugar-, al director de la agrupación así como a los seis profesores que integrarían la plantilla docente; además de que la comunidad y sus autoridades comunitarias decidieron el uso de espacios para comenzar las clases de música, como la donación de un terreno donde se construirán las instalaciones definitivas, lo cual habla del grado de apropiación del proyecto y, la toma de decisión local como un ejercicio de libertad.

 

    Segundo, se puede decir que la orquesta es una muestra de política cultural con impacto territorial debido a que la decisión de crearla en Nurío implica una buena lectura de contexto, ya que la zona es tradicionalmente filarmónica y cuna de músicos (pireris) que continúan componiendo canciones en idioma purépecha (pirékuas). El punto es importante porque, frente al torrente de inspiración musical autodidacta de los pireris, ahora se presenta a las generaciones más jóvenes la oportunidad de mejorar la técnica y garantizar la transmisión de la música tradicional, la cual fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2010.

 

    En tercer lugar, la Orquesta y el Coro Comunitario han abierto un espacio cultural a las mujeres de Nurío ya que, aunque viven en un entorno en el cual se respira la música, muy pocas veces se había alentado su participación en ella; ahora, casi la mitad de los integrantes de la Orquesta son niñas. Esto permite hablar de un impacto positivo en los esfuerzos por cerrar la tradicional brecha de género existente en los contextos rurales e indígenas de México.

 

    En otro punto, y si bien el gusto y la dedicación a la música en Nurío tienen un peso importante, no sólo por los ingresos que generan a las familias y por la incidencia en la preservación de la tradición; la tendencia es la de cristalizarse en pequeñas empresas culturales (grupos o bandas musicales) en las que prevalece el interés y la rentabilidad privada; en cambio, la orquesta tiene un sentido más colectivo o de Gemeinschaft, como diría Ferdinand Tönnies, es decir, representa una oportunidad para constituirse en una institución comunitaria a la manera de las bandas oaxaqueñas, entre cuyas funciones principales se encuentra la de generar identificación y cohesión social, a través de una manifestación cultural.

 

    Durante el festejo del primer aniversario de la Orquesta y Coro de Nurío, se demostró que ambas provocan una cohesión social, a través del involucramiento de los padres y autoridades comunitarias: mientras los hombres sacrificaron una res y se hicieron cargo de colocar mesas, sillas y adornar el lugar, las mujeres prepararon el atole, el churipo (caldo de carne) y las corundas (tamales pequeños de forma triangular) para todo aquel que asistiera a la celebración, Fue sin duda una muestra de reciprocidad por el impacto social que el programa Cultura en Armonía del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ha logrado en la comunidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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